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Lunes, 6 de Septiembre de 2010

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Manifiesto Programa del PCE


Una aportación desde el feminismo

Ana Moreno. Federación de Andalucía / abr 07

 

El Manifiesto Programa del PCE fue aprobado en la II Conferencia del Partido, celebrada en septiembre de 1975. Precisamente ese año había sido declarado por la Organización de las Naciones Unidas “Año Internacional de la Mujer” y, en nuestro país, algunas mujeres se organizaron para impedir su utilización por parte del régimen franquista; ese mismo año, en Barcelona, se celebraron en la clandestinidad, las Primeras Jornadas por la Liberación de la Mujer. Empezaba la transición política y las mujeres se incorporaban lentamente a la vida pública después de haber sufrido doblemente la derrota y de haber visto frustradas las expectativas de ciudadanía que representaba la II República. Muchas mujeres que habían luchado al lado de la República –intelectuales, artistas, políticas...-tuvieron que exiliarse después de la guerra; otras sufrieron la represión, la tortura y la muerte en las cárceles franquistas; también hubo mujeres guerrilleras y mujeres que siguieron luchando en la clandestinidad, pero todas vivieron silenciosas y silenciadas durante el franquismo, totalmente relegadas al ámbito domésticos, con total dependencia del cabeza de familia, ya fuera el padre o el marido. Hasta los años 60, no se normalizó el acceso de las mujeres a la Educación y esto, junto con la oposición al franquismo en la Universidad y las noticias que llegaban a nuestro país sobre derechos sociales y feminismo en Europa y América, abrió nuevos debates sobre el papel de la mujer y las jóvenes estudiantes nacidas en los años cuarenta y cincuenta empezaron a reivindicar sus derechos en muchos casos con la complicidad de la generación anterior, la de las mujeres que habían perdido la guerra: unas y otras, durante la transición, lucharán por la igualdad de derechos de mujeres y hombres, pero esta lucha casi siempre ha quedado supeditada a otras luchas y a otras conquistas.

El Manifiesto Programa de 1975 recoge en el apartado 8 titulado NUESTRO IDEAL: EL COMUNISMO, lo siguiente: “El comunismo realizará la plena igualdad entre los hombres y las mujeres, eliminando toda discriminación social, nacional o racial (...)”. En el párrafo siguiente dice: “El comunismo representará el fin de la violencia y la coerción; (...) la aparición de un nuevo tipo de hombre (...)” y más adelante cita “cada ser” y “la humanidad”. No hay ninguna referencia a la situación específica de las mujer, ni a las luchas y reivindicaciones de las mujeres, ni al feminismo como estrategia de transformación social, porque los derechos de las mujeres son derechos de las trabajadoras, de las ciudadanas, de la ecología...y cuando se consigan estos derechos, las mujeres ya habrán conseguido sus objetivos.

Pero no es ni debe ser así. Porque el patriarcado ha existido en distintos modelos sociales y el hecho de ser mujer empeora cualquier situación de inferioridad, es decir, que una trabajadora o una ciudadana, en el mismo modelo de sociedad, serán inferiores a un trabajador o a un ciudadano. El patriarcado ha construido la sociedad para que uno de los dos sexos –el femenino- esté sometido y explotado por el otro sexo –el masculino-. Las mujeres que han atentado contra este sistema patriarcal, han sufrido la hoguera, han sido consideradas brujas o monstruos, han pagado con su salud, con su bienestar, con su integridad física y moral la osadía de vindicar sus derechos...¿Por qué ha ocurrido esto a lo largo de la historia? ¿Qué es lo que ha permitido a los hombres estar por encima de las mujeres? Pues sencillamente, y tomando la idea de la filósofa Celia Amorós, que los hombres se han puesto de acuerdo entre ellos para nombrar y asignar espacios y han decidido cómo y dónde están las mujeres. Esa capacidad de decidir es el poder que, referido específicamente a la vida del ser humano en sociedad, supone la capacidad de influenciar y determinar la conducta de otros seres humanos.

El poder supone, de un modo más concreto, la capacidad de dirigir o transformar las relaciones sociales, reduciendo o anulando, incluso, la resistencia de quienes actúan con fuerzas contrarias. La realidad social es un complejo sistema de relaciones de poder de diferente carácter: político, religioso, ideológico, económico, jurídico, técnico, etc.

¿Han tenido las mujeres esta capacidad? ¿Por qué no la han tenido? En las sociedades más primitivas, el poder estaba en los fenómenos sobrenaturales y en la fuerza: quienes interpretaban los fenómenos sobrenaturales y quienes esgrimían la fuerza, eran los que tenían más poder: los sacerdotes, los cazadores, los guerreros...y sólo en algunas culturas –el mito de las amazonas, por ejemplo en la Grecia Antigua- este poder lo ostentaban las mujeres. No era fácil, en efecto, que las mujeres tuvieran capacidad de obrar y de influir pues, según las teorías científicas de Aristóteles, la mujer era un hombre imperfecto y deformado, que se definía por la pasividad y que, por su propia naturaleza, era incapaz de cualquier pensamiento racional. Estos principios, mezclados en la Edad Media con la creencia judeo-cristiana de la creación de la mujer a partir del cuerpo del hombre, marcarán durante siglos el papel de la mujer en la sociedad. El humanismo renacentista cuestionó que las diferencias entre hombres y mujeres fueran más allá que las diferencias de sexo, pero esto no significó una rehabilitación de la capacidad de la mujer, si bien los avances de la ciencia y de la medicina quitaron algunos prejuicios sobre la constitución física de las mujeres.

A finales del siglo XVIII, se empieza a señalar que las relaciones anatómicas entre hombres y mujeres no son de igualdad o desigualdad, sino de diferencia, pero aún cuando ambos cuerpos eran considerados perfectos en sus diferencias, el modelo era el hombre y el varón se convierte en el ideal, con referencia al cual se analizan los cuerpos femeninos. Sin embargo, el auténtico impulso para investigar las diferencias sexuales fue político. En el siglo XVIII, los pensadores de la Ilustración se enfrentaron con el dilema de cómo hacer compatible la subordinación de las mujeres con la igualdad de todas las personas ante la Ley natural, uno de los principios de la Revolución Francesa. Dentro del pensamiento liberal se buscó una justificación para discriminar a las mujeres, para que triunfara la idea de uno de los pensadores de aquella época: “Las leyes y costumbres de Europa dieron la autoridad al varón por ser superior en inteligencia y fuerza”. La resolución ideológica al problema planteado la aportó Rousseau con la Teoría de la Complementariedad Sexual, según la cual hombres y mujeres no son física ni moralmente iguales, sino complementariamente opuestos, luego no es posible que disfruten los mismos derechos: las mujeres tienen unos derechos, pero dentro del ámbito que les corresponde, que es el privado y los hombres tienen también unos derechos en su ámbito propio, que es el espacio público.. La Teoría de la Complementariedad lograba así dos fines diferentes: mantener a la mujer alejada de la esfera pública, lejos del ámbito de decisión, lejos del poder en definitiva y preservar a la familia dentro del Estado. Esta idea se extendió por toda Europa impregnando las leyes e impidiendo la igualdad de las mujeres. Estas habían sido excluídas de la capacidad de obrar y decidir, el poder era cosa de hombres. Las características de la masculinidad eran la medida de todas las cosas, hasta tal punto que las mujeres intentan parecerse a los hombres, pues como mujeres nunca conseguirán lo que éstos tienen. Kant decía que la mujer no esconde su deseo de ser varón, pero que no conocía a ningún hombre que deseara ser mujer. Las mujeres efectivamente han diseñado estrategias a lo largo de la Historia para conseguir derechos que les estaban vedados por ser mujeres y una de ellas ha sido hacerse pasar por hombres mediante el disfraz o mediante el seudónimo, por ejemplo.

Las mujeres que se incorporaron a los cambios que ofrecía la revolución de la burguesía vieron burladas sus expectativas de ser consideradas ciudadanas en igualdad con los hombres: recordemos a Olimpia de Gouges que pagó con su vida la reivindicación de los derechos de ciudadanía para las mujeres; la Revolución Francesa consiguió, por lo tanto, apartar a las mujeres de la nobleza, pero también a las mujeres del Tercer Estado que habían luchado con los hombres por conseguir los mismos derechos.

Después del triunfo de la burguesía, el Movimiento Obrero empieza a organizarse para luchar contra la clase que ostenta el poder y priva al proletariado de la capacidad de decidir porque, aunque el capitalismo se sustenta en la libertad del individuo para vender su fuerza de trabajo, no es libre la persona sometida y dominada por el sistema capitalista. La contradicción de clase estaba clara pero, ¿qué pasaba con las mujeres también explotadas por el sistema capitalista y privadas de los más elementales derechos?

El Movimiento Feminista de finales del siglo XIX empezó a exigir derechos para las mujeres: el derecho al voto, el derecho a la integridad, el derecho al trabajo...Durante todo el siglo XX se han sucedido las luchas y las reivindicaciones de las mujeres por conseguir la igualdad de derechos y la igualdad real, es decir, por acceder al poder para obrar, influenciar y determinar en todos los aspectos de la vida.

Marx y Engels hacen referencia a la situación de la mujer en el Manifiesto Comunista: “¿En qué se basa la familia actual, la familia burguesa? En el capital, en el lucro privado. La familia, plenamente desarrollada, no existe más que para la burguesía; pero encuentra su complemento en la supresión forzosa de toda familia para el proletariado y en la prostitución pública. La familia burguesa desaparece naturalmente al dejar de existir ese complemento suyo, y ambos desaparecen con la desaparición del capital”.

También Clara Zetkin (1857-1933) piensa que los problemas de las mujeres del proletariado no tienen que ver con sus compañeros de clase social, sino con el sistema capitalista y la explotación económica: “(...)como persona, como mujer y como esposa no tiene la menor posibilidad de desarrollar su individualidad. Para su tarea de mujer y madre sólo le quedan las migajas que la producción capitalista deja caer al suelo”.

Clara Zetkin defiende el derecho al voto del movimiento feminista de la burguesía porque considera que, de este modo, las mujeres y los hombres del proletariado podrán luchar conjuntamente por la conquista del poder político, pero para ella, la aportación más importante del marxismo a la causa feminista es la incorporación de la mujer al trabajo productivo. En cualquier caso, Clara Zetkin va más allá, en el apoyo a la emancipación de las mujeres, que otros marxistas de su época; incluso Lenin le reprochaba que dedicara mucho tiempo a la causa feminista, como pone de manifiesto en estas palabras: “(...) Me han dicho que en las veladas de lecturas y discusión con las obreras se examinan preferentemente los problemas sexuales y del matrimonio. Como si éste fuera el objetivo de la atención principal en la educación política y en el trabajo educativo”.

Alejandra Kollontay dará un paso más en la articulación feminismo y marxismo, porque no sólo incluye a la mujer en la revolución socialista, sino que define el tipo específico de revolución que la mujer necesita. Marx había señalado que para cpnstruir un mundo mejor, no bastaba con transformar las relaciones de producción, era necesaria la construcción de un “hombre nuevo”. Alejandra Kollontay reivindica del mismo modo“la mujer nueva”, aquella que deja de ser un simple reflejo del varón, que lucha por sus derechos y, aunque ésta pueda encontrarse en todas las clases sociales, son las obreras la auténtica vanguardia del movimiento de liberación de la mujer. Kollontay plantea una nueva relación entre hombres y mujeres basada en la solidaridad y en la camaradería y no en la propiedad y el individualismo, pero su aportación más importante es que, a diferencia de otros marxistas, la ideología de la nueva clase que alumbrará hombres nuevos y mujeres nuevas no será la consecuencia del proceso revolucionario sino que se conforma en el mismo proceso revolucionario.

Las mujeres toman conciencia de que existen unas relaciones conflictivas entre hombres y mujeres y que el patriarcado les impone una conducta y unos modelos: es una relación de poder que implica dominación y sometimiento y contra esta relación de poder desarrollarán una serie de estrategias que han ido dando algunos frutos, pero que aún no han conseguido acabar con los modelos impositivos del patriarcado ni desentrañar las múltiples complicidades para que las mujeres sigan siendo sometidas y dominadas.

Uno de los espacios más inaccesibles para las mujeres ha sido el mundo de la ciencia y puede servir el siguiente ejemplo para entender hasta qué punto el patriarcado se ha entendido como la norma: Durante mucho tiempo, la teoría del hombre cazador defendía que la biología, la sicología y las costumbres que nos separan de los monos” es algo que debemos a los hombres cazadores. Hasta que en los 70 del siglo pasado, unas paleontólogas feministas no se plantearon qué papel desempeñaban las mujeres mientras los hombres cazaban, no se formuló la teoría de la mujer recolectora que vino a dar la réplica a la del hombre cazador porque plantea que la especie humana es humana porque durante millones de años de evolución, las mujeres se dedicaron a la recolección y a la crianza. Tanto la teoría del hombre cazador como la de la mujer recolectora están sesgadas por valores de género, pero la teoría del hombre cazador se había aceptado durante mucho tiempo y sólo cuando la mujer le disputa este espacio, es cuando se comprende que hombres y mujeres contribuyeron al desarrollo de la humanidad.

En la actualidad, el ordenamiento jurídico de los distintos países, ya no recogen las teorías de Rousseau, pero también es cierto que el eco de esas teorías está presente en la sociedad del siglo XXI, donde todavía hay espacios diferentes reservados a hombres y mujeres y donde las mujeres, por el hecho de ser mujeres, están en inferioridad de condiciones.

Las leyes de muchos países, y entre ellas la Constitución Española, establecen la igualdad de hombres y mujeres y la obligación de los poderes públicos de remover los obstáculos para hacer efectiva esa igualdad, pero las mujeres siguen discriminadas en el acceso al empleo y en las condiciones de trabajo, muchas mujeres son asesinadas cada año por hombres con los que han mantenido o mantienen una relación sentimental y muchas mujeres encuentran serios obstáculos para desempeñar una carrera profesional, para conciliar el trabajo y las obligaciones familiares.

Es cierto que, en el siglo XXI, las mujeres pueden ejercer su derecho al voto, pueden tomar la palabra, coger la pluma y entrar a un laboratorio...hay mujeres ministras, alcaldesas, concejalas...pero les cuesta mucho más que a los hombres hacerse visibles y existe una doble discriminación horizontal y jerárquica, según la cual a la mujer se le asignan responsabilidades asociadas a su género y se le impide traspasar el techo de cristal. Es cierto que las mujeres ya no están relegadas al ámbito privado, pero compiten en desigualdad en el ámbito de lo público, porque el patriarcado sigue operando en la conciencia colectiva para que las mujeres no tengan el poder en igualdad con los hombres.

Según la feminista marxista Heidi Hartman, las categorías del marxismo son ciegas al sexo y solamente un análisis específicamente feminista puede revelar el carácter de las relaciones entre el hombre y la mujer. Pero el análisis feminista solo también es inadecuado porque es ciego a la historia e insuficientemente materialista. Las mujeres sufren una doble explotación, de clase y de género, y para verla, hay que mirar con dos miradas simultáneas y explicar cada una de las visiones. Si miramos sólo la contradicción de género, podemos llegar a análisis esencialistas del ser mujer, a una separación entre hombres y mujeres que comparten condiciones materiales de existencia y que son explotados por otra clase que también está formada por hombres y mujeres. El análisis esencialista nos puede llevar también a una mística de lo femenino, a una sublimación del ser mujer. Pero ya hemos visto que no podemos ver sólo la contradicción de clase y creer que hombres y mujeres somos iguales porque estamos igualmente explotados y pertenecemos a la misma clase social, porque superar el modo de producción capitalista no conlleva superar la contradicción de género

La Historia demuestra que las mujeres han luchado, junto con los hombres, para conseguir los mismos derechos pero después han sufrido la negación de estos derechos e incluso en momentos revolucionarios, las mujeres han tenido un papel subalterno; en organizaciones de la izquierda, los problemas de las mujeres se tienen que abrir camino con dificultad, muchas veces como un añadido a los grandes temas políticos. En los partidos de izquierdas se ve claramente el capitalismo como un sistema que explota a las mujeres – y a los hombres-, pero no se ve igual de claro la opresión que sufren las mujeres por parte del sistema patriarcal en el ámbito privado. Como en un círculo cerrado, la igualdad no es real en el espacio público; por lo tanto, las mujeres no tienen la misma capacidad para obrar, para decidir e influir y, como consecuencia, se reproducen las relaciones de desigualdad. Pero es que tampoco es real la igualdad en el ámbito privado, porque en éste también se dan relaciones de poder.

Heidi Hartmann plantea igualmente que, así como la explotación bajo el capital se basa en la apropiación de plusvalía que generan el trabajador y la trabajadora en el modo de producción capitalista, bajo el sistema patriarcal la opresión de la mujer se da en el modo de reproducción y en éste, es el hombre el que resulta beneficiado del trabajo de la mujer en la medida en que es receptor de los servicios personalizados que ésta le presta, quedando él liberado de unos trabajos (domésticos) que ni siquiera se computan como trabajo. Capitalismo y patriarcado se refuerzan de este modo y el capitalismo sale beneficiado por el trabajo doméstico de las mujeres, un trabajo que no se paga y que, sin embargo, es fundamental para mantener al trabajador listo para seguir trabajando. La sociedad está organizada, por lo tanto, desde el capitalismo y desde el patriarcado, desde unas relaciones fundamentalmente económicas y desde unas relaciones de género. Así que desde el marxismo, las feministas tenemos una doble batalla por delante: la lucha contra el capitalismo y la lucha contra el patriarcado, pues ambos se refuerzan para explotar y dominar a las mujeres y a las mujeres de la clase obrera.

Un poder compartido por hombres y mujeres es, por lo tanto, la condición para una sociedad justa, igualitaria y democrática. Este poder ostentado en igualdad por hombres y mujeres es la capacidad de influencia que los diversos sujetos sociales tienen entre sí para configurar y realizar estrategias comunes sociales y convergentes, en nuestro caso, para superar el capitalismo y conseguir una sociedad de hombres y mujeres libres e iguales, pero no podemos ni queremos que los derechos de las mujeres y el poder de las mujeres vengan por añadidura: queremos que sean una realidad y un valor en la estrategia de transformación social y política que planteamos. No podemos ser revolucionarias ni revolucionarios si no nos comprometemos con la tarea de la igualdad entre todos los seres humanos y no habrá igualdad mientras el poder no sea compartido por hombres y mujeres en el espacio público y en el espacio privado.

Ana Moreno

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